| Vázquez-Figueroa avisa sobre el coltan |
| Entrevistas - General | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| Escrito por Alex Oviedo | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| Jueves, 24 de Julio de 2008 16:45 | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Y da un ejemplo: por cada litro de petróleo que se consume en el mundo se hacen más de 100 llamadas por teléfono móvil y miles de consultas a través de internet y millones de personas ven la televisión en pantalla plana. “Desde el punto de vista estratégico es más importante controlar el coltan y las telecomunicaciones que el petróleo”, señala Vázquez-Figueroa. Y añade: “Cuando te dicen que devuelvas el teléfono móvil para que no contamine, lo que hacen es enviarlo a Canadá donde le extraen parte del coltan”. Qué futuro tendrán unas generaciones que han nacido con el móvil en la cuna si de repente no existiera. Es como si les privaras del aire. Hace unos meses todos los directores generales del ministerio me pidieron que diera una conferencia. Cuando les pregunté si sabían que era el coltan, sólo uno lo sabía. Qué pasaría si el coltan lo controlasen sólo unas empresas, pues que estaríamos totalmente en sus manos.¿No ha existido a lo largo de la historia de la Humanidad siempre un coltan? Pero entonces el mundo estaba totalmente dividido. Cuando el crack del 29, Estados Unidos se arruinó, pero eso no afectó a otros países. Pero ahora el mundo se ha globalizado, de ahí que una cosa que ocurre en Estados Unidos afecte a todo el mundo. Eso explica la crisis del petróleo, por ejemplo. La crisis inmobiliarias y de las hipotecas de Estados Unidos provocan que la gente invierta en petróleo y los precios se disparen. Cuando un barril de petróleo no debería costar más de 40 dólares. Se especula con los precios, y los gobiernos permiten esa especulación porque cobran impuestos sobre el petróleo y cuando más caro sea más impuestos cobra. Todo es pura especulación. Y como estamos dominados por gobiernos absolutamente corruptos e ineptos…. Pero la corrupción es inherente a los políticos, desde en antiguo Egipto. No digamos en Roma o en la época de los Papas. Inherente al ser humano. ¿Cómo hace usted para atrapar al lector? Mucha gente me lo pregunta, pero si lo supiera lo haría todas las veces. Si supiera cómo escribir Tuareg, que se ha traducido a treinta y tantos idiomas y se han vendido no sé cuántos millones, pues en vez de haber escrito tantas novelas gilipollas hubiera escrito cuatro Tuareg y sería multimillonario. Tengo ochenta y tantos libros, de los cuales la mitad son malos o no han vendido lo que tenían que haber vendido. De lo que se deduce que soy el primero en no saber cuál es la fórmula para vender. ¿Escribir es un instinto? Periodístico en mi caso, y encontrar de repente una historia como la del coltan. Y que esa historia me vaya atrapando, porque si no me atrapa a mí no hay nada que hacer. No entiendo a toda esa gente que tarda siete años en escribir un libro, si yo tardo más de un mes en hacerlo me cansa. Tuareg lo escribí en veinte días… Una vez un escritor me dijo que a veces estaba una hora para saber dónde colocaba una coma. Y claro, yo me decía que la coma no era un espermatozoide que debía buscar su sitio sino que una coma ha de estar donde está. Hay gente que hace de la literatura un mundo complejo. Yo siempre digo: no me lo cuentes tan bien, cuántamelo y ya está. Hay gente que me dice: es que sus libros están escritos de forma muy sencilla. Y yo les respondo: mira, yo escribo una palabra, supervivientes, por ejemplo. Y veo que la he repetido. Aprieto una tecla y el mismo ordenador me da diez sinónimos. Puedo estar así toda la página durante una hora o un día y salirme una texto enriquecedor, lleno de estilo. Y qué: todo eso está en el ordenador, pero el talento y la imaginación, que también son palabras que puedes encontrar en el ordenador, o los pones tú o el ordenador no te los pone. Qué más da que fuera azul cielo o azul cobalto. ¿Hay un porqué en sus novelas? Sí, porque tengo que comer. Y dar de comer a catorce hijos. En la promoción anterior decía que no buscaba tanto vender libros como buscar lectores. De ahí que colgase su novela gratuitamente en Internet…
¿Hay por tanto una relación muy estrecha con sus lectores? Cosa que antes no había, salvo en Ferias del Libro o así. Pero la comunicación solía ser escasa. Las nuevas tecnologías han permitido que uno se acerque más a sus lectores, y que incluso se conviertan un poco en tus espías, porque te envían información sobre temas que creen que me pueden interesar. Incluso historias que han vivido. O algunas obras que han escrito, que acaba leyéndose mi mujer. Porque yo suelo decirles: mire, soy la última persona que puede opinar sobre su libro, porque no sé de esto por mucho que haya escrito. Y porque puede que lo que a mí me guste no tenga nada que ver con lo que le gusta a usted. Tengo libros malísimos que a la gente le encantan. Más de la mitad de los libros que he publicado no los volvería a escribir en la vida. ¿Escribe de lo que quiere? Sin duda. Hay una cosa que le suelo decir a la gente que quiere escribir. Del éxito no se aprende, sólo de los fracasos. Siempre he dicho que Tuareg fue un maravilloso libro, y lo digo sin ninguna vergüenza. Pero no puedo repetir otro Tuareg vestido de esquimal, de chino o de vasco. Es la historia del tuareg y punto. Ahora bien, cuando escribes un libro malo, y yo he escrito muchos, es cuando aprendes. Por qué es malo: porque esta situación no se sostiene, porque los diálogos son estúpidos. En literatura siempre aprendes lo que no tienes que hacer, pero nunca lo que tienes que hacer, porque nadie sabe lo que tienes que hacer. Al día siguiente empiezas otra novela e intentas no cometer los mismos errores. Cuando llega una en la que no cometes nigún error, es como si te hubiera tocado la Primitiva. No es que hayas acertado, es que no has cometido ningún error. Seguramente dentro de seis meses cogeré Coltan y empezaré a decir: esto sobra, esto no tenía que haber ido aquí… Pero ya no es lo mismo. Y eso es lo que la gente que escribe tiene que entender, que ha de escribir cosas malas hasta que un día le salga una buena.
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Alberto Vázquez-Figueroa


